lunes, 3 de junio de 2013

¨Mascaras Mexicanas¨

Las Mascaras Mexicanas es el segundo capitulo del libro El laberinto de la Soledad. Nos comienza diciendo como actúan los hombres, como ellos “no se rajan,” lo cual es la manera del mexicano de expresar el machismo que lleva dentro de si. Nos menciona que continuamente utilizamos una mascara para proteger nuestra intimidad, que no nos importa la de las demás personas y esto ocaciona que nos volvamos solitarios, cerrando el circulo a la posibilidad de tener relaciones con los demás.
 El autor presenta esta duplicidad como uno de los rasgos que más identifica la idiosincrasia del mexicano. Además, llega a la conclusión de que la consecuencia directa de que sus compatriotas muestren estas dos caras es que el mexicano se vuelve un ser solitario e individualista. Nos dice el papel que desempeña la mujer en la sociedad, como ella se muestra recatada a mostrar lo que en verdad siente y como se ha vuelto algo similar a un complemento del hombre, en vez de ser un ente con voz propia. Como ella se muestra tímida  y como los hombres se sienten atraídos hacia este tipo de mujeres; como difieren ellas de las mujeres norteamericanas que no se dejan ser manipuladas por hombres y, por el contrario, son libres de vivir su feminidad y sexualidad hasta el punto de volverse solitarias y frías hacia las relaciones humanas, lo cual es una manera muy distinta de llevar una mascara. Muestra que instintivamente consideramos peligroso al medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y en el carácter de la sociedad que hemos creado. La dureza y la hostilidad del ambiente y esa amenaza, escondida e indefinible, que siempre flota en el aire nos obligan a cerrarnos al exterior, como esas plantas de la meseta que acumulan sus jugos tras una cáscara espinosa. Pero esta conducta, legítima en su origen, se ha convertido en un mecanismo que funciona solo, automáticamente. Ante la simpatía y la dulzura nuestra respuesta es la reserva, pues no sabemos si esos sentimientos son verdaderos o simulados. Y además, nuestra integridad masculina corre tanto peligro ante la benevolencia como ante la hostilidad. Toda abertura de nuestro ser entraña una disminución de nuestra hombría. Nuestras relaciones con los otros hombres también están teñidas de recelo. Cada vez que el mexicano se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se "abre", abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega. Por eso la confidencia deshonra y es tan peligrosa para el que la hace como para el que la escucha; no nos ahogamos en la fuente que nos refleja, como Narciso, sino que la cegamos. Nuestra cólera no se nutre nada más del temor de ser utilizados por nuestros confidentes —temor general a todos los hombres— sino de la vergüenza de haber renunciado a nuestra soledad.Todas esas expresiones revelan que el mexicano considera la vida como lucha, concepción que no lo distingue del resto de los hombres modernos. El ideal de hombría para los otros pueblos consiste en una abierta y agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque. El "macho" es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía. La hombría se mide por la invulnerabilidad ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior. El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Las complicaciones rituales de la cortesía, la persistencia del humanismo clásico, el gusto por las formas cerradas en la poesía (el soneto y la décima por ejemplo), nuestro amor por la geometría en las artes decorativas, por el dibujo y la composición en la pintura, la pobreza de nuestro romanticismo frente a la excelencia de nuestro arte barroco, el formalismo de nuestras instituciones políticas y, en fin, la peligrosa inclinación que mostramos por la fórmulas sociales, morales y burocráticas, son otras tantas excepciones de esta tendencia de nuestro carácter. El mexicano no sólo no se abre; tampoco se derrama.Al plantearse el problema de la autenticidad, Alarcón anticipa uno de los temas constantes de reflexión del mexicano, que más tarde recogerá Rodolfo Usigli en El gesticulador.
 
El mexicano usa máscaras para proteger su intimidad, no le interesa la ajena y por lo tanto, el círculo de la soledad se vuelve a cerrar. La manera instintiva en la que considera peligroso a todo lo que representa lo exterior, tiene su razón si revisamos la historia de México, donde las derrotas se sufren con dignidad. Esto, subraya el autor, no carece de grandeza.
La dualidad del mexicano está presente en todos los aspectos de su vida. En el lenguaje popular por ejemplo, hombría, dice Octavio Paz, es ser “macho”. Éste “es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía”. Es decir, prefiere encerrarse en su propia soledad, en su laberinto. El no abrirse y confiar en los demás, escribe el autor, es el ideal de decoro en la cultura mexicana. En el momento en que este confía y renuncia a su soledad, pasa a ser un “rajado”, en otras palabras, renuncia a su hombría.

Otro aspecto en el que la influencia de esta duplicidad es inevitable es en sus relaciones con el mundo femenino. La mujer, en México, dice Paz, “siempre está a la espera de lo que el hombre diga”, “es el reflejo de la voluntad y querer masculinos”, “es el producto de la vanidad del hombre heredada de los españoles”. Es “un ser oscuro, secreto y pasivo, no se le atribuyen malos instintos: se pretende que ni siquiera los tiene”. O sea que el mexicano disimula, aparenta no ver nada, hace de cuenta que no están ahí. Paz dice que en otros países se festeja abiertamente a la mujer en comparación con los mexicanos, que prefieren ocultar las gracias y virtudes de sus mujeres. Pero, ante la vida social, sus mujeres son “señoras”. Nuevamente vemos que la apariencia prima en esta cultura.


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